Mostrando entradas con la etiqueta Sugel Michelén. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sugel Michelén. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de enero de 2015

INTEGRIDAD EN LA PREDICACIÓN por Sugel Michelén


Alguien dijo una vez que la piedad consiste en hacer lo correcto, con la vista puesta únicamente en la aprobación de Dios. Esa es, en resumen, la enseñanza del Señor en Mateo 6:1-18. Al hacer limosnas, al orar, al ayunar, hazlo para tu Padre que ve en lo secreto, y Él te recompensará en público. Lo mismo debe dominarnos cuando predicamos la Palabra de Dios. Aunque esa es una labor que realizamos en público, al predicar debemos buscar únicamente la aprobación de Dios, no la de los hombres.


Pablo lo dice de esta manera en 2 Corintios 2:14-17: "Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo". La palabra que la Reina-Valera traduce como falsificar en el texto anterior se usaba para señalar a los buhoneros que, para vender su mercancía, usaban todo tipo de astucia. Tenían fama de tramposos. Pues así son los falsos maestros, dice Pablo. Comercian con la Palabra de Dios; tuercen el mensaje o lo diluyen para hacerlo más potable al oído de los hombres. Pero Pablo no pertenecía a ese grupo. Él se veía a sí mismo como un hombre que hablaba de parte de Dios y delante de Dios. Cuando predicaba el evangelio, su preocupación no era procurar la aprobación de los hombres, porque lo dominaba la mirada escrutadora de Dios (cp. 2 Co. 12:19). 

Estamos diciendo entonces que hablamos para la edificación de los hermanos, pero lo hacemos delante de Dios. Podemos predicar ante un auditorio de quince personas o de veinte mil, pero a final de cuentas solo importa la opinión de Uno de los presentes, Uno que puede ver lo que ningún hombre podrá ver jamás, porque su mirada penetra hasta lo más profundo de nuestros corazones: "Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo" (2 Co. 2:17).

La palabra sinceridad parece derivarse de un vocablo que significa "examinar bajo la luz del sol". Pablo estaba consciente del hecho de que todo su ser era como un libro abierto delante de Dios, y esa conciencia lo movía a ser real y genuino. Cuando un hombre predica con esa conciencia, eso afecta el mensaje y su disposición al entregarlo. ¿Por qué muchos predicadores evitan condenar el pecado abiertamente o evaden hablar del juicio de Dios contra el pecado? ¿Por qué muchos púlpitos no proclaman hoy día la centralidad de Dios y su grandeza, sino que parecen predicar con el propósito de que todo el mundo se sienta bien? Porque no los domina esta perspectiva apostólica. El hombre que predica de parte de Dios y delante de Dios procurará no hacer otra cosa más que transmitir con integridad el mensaje que Él nos ha confiado en su Palabra.

Por supuesto, de más está decir que no vamos al púlpito con la intención expresa de ofender a nadie. Pablo mismo exhorta a los hermanos en Colosas a que sus palabras sean siempre con gracia, sazonadas con sal. El tacto es una virtud, no una señal de debilidad. Pero todo hombre que predica la Palabra con integridad sabe que tendrá que tocar temas que no son agradables al oído de mucha gente. Pero esta conciencia no sólo incide en el mensaje, sino que también guarda al predicador de todo tipo de afectación mientras predica. El hombre que predica delante de Dios no sube al púlpito para hacer un espectáculo teatral. Él sabe que a los ojos de Dios es completamente transparente. Dios está viendo los movimientos de su corazón mientras expone su Palabra. Por eso, este siervo de Dios se preocupa por tener una limpia conciencia y un corazón puro; porque él puede engañar a su auditorio y hacerle creer que es celoso de la gloria de Dios, y que ama la verdad y las almas de los hombres, pero él sabe que no puede engañar a Dios. Amados pastores y predicadores, si hay algo que el siervo de Dios debe cultivar es esa conciencia de que vive y ministra de parte de Dios, y delante de Dios.

Extraído de aquí.

viernes, 26 de septiembre de 2014

EL ATRACTIVO DE LAS PROMESAS IMPOSIBLES DEL EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD por Sugel Michelén


“Ser pobre es un pecado” (Robert Tilton). “Si agradamos a Dios seremos ricos” (Jerry Savelle). “Dios quiere que sus hijos usen las mejores ropas… conduzcan los mejores automóviles y tengan lo mejor de todo; basta con pedir lo que necesitamos” (Kenneth Hagin). Estas son algunas de las sorprendentes declaraciones de los predicadores del “Evangelio de la Prosperidad”. Su “dios” es una especie de empresario cósmico que puede ser usado, al diezmar y ofrendar, para alcanzar lo que verdaderamente importa: una vida próspera en términos meramente terrenales.

“APÁRTATE DE LOS TALES”
El apóstol Pablo nos exhorta apartarnos de los “hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia” (1Tim. 6:5). Y en su segunda carta a Timoteo nos advierte que “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios… amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2Tim. 3:1-5).
De igual manera Pedro nos dice que así como hubo falsos profetas en el pueblo de Dios del antiguo pacto, “habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras… Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2P. 2:1-3; comp. Judas 11-16).
Lamentablemente, a pesar de las claras advertencias de las Escrituras, el evangelio de la prosperidad tiene un numeroso y creciente grupo de seguidores. Y aunque la razón parece obvia (su mensaje apela a la codicia del ser humano), aún así no deja de ser curioso que alguien permanezca por mucho tiempo dentro de este movimiento, tomando en cuenta que sus predicadores no pueden cumplir lo que prometen.
LA “PSICOLOGÍA” DEL EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD
Conversando recientemente con un hermano que estuvo involucrado en este movimiento alrededor de 10 años pude comprender mejor donde radica el atractivo de este mensaje para ganar y mantener adeptos.
Un dios manipulable. A pesar de los ataques militantes del ateísmo en las últimas décadas, el hombre no puede erradicar de su corazón la idea de Dios, porque Dios mismo se ha encargado de dejar evidencias contundentes de Su presencia en toda la creación y ha dado al hombre la capacidad de entender la evidencia (compare Rom. 1:18-21). Lo que hace atractivo al evangelio de la prosperidad para el hombre caído es que parece poner a Dios de su parte, eliminado al mismo tiempo el “tropiezo” de Su santidad y Su soberanía. El dios de estos evangelistas no es el que se revela en las Escrituras, y a quien debemos acercarnos en Sus términos, sino una mezcla de genio de la lámpara de Aladino con Psiquiatra todopoderoso, el cual puede ser manipulado por medio de ofrendas y “palabras de fe”.
Culpa y codicia. Cuando la oferta de riqueza o salud tardan en materializarse, los seguidores de esta peculiar teología son movidos a culparse a sí mismos por su falta de fe o por no ser lo suficientemente generosos. Ese sentido de culpa personal, mezclado con la codicia de sus corazones, los mantiene aferrados a las falsas promesas de estos evangelistas, como el jugador que vuelve al casino una y otra vez esperando que algún día la suerte le sonría.
Temor religioso. Estos “evangelistas” tienden a infundir temor religioso sobre sus oyentes para que no se atrevan a cuestionar “al ungido del Señor”, estorbando así su capacidad de analizar objetivamente el contenido de su mensaje y la dicotomía evidente entre su estilo de vida y el cuadro que encontramos en las Escrituras de lo que debe ser un ministro del evangelio (compare 1Cor. 4:9-13; 2Cor. 4:7-11; 11:23-28).
Prosperidad a pesar de todo. Otro factor que incide en la permanencia de este falso evangelio es el hecho de que algunos experimentan cierta prosperidad económica, fruto de aplicar algunos de los principios generales de buena administración que aprenden en estas iglesias; esto parece confirmar la veracidad del mensaje, lo que a su vez suele aumentar la codicia de sus corazones porque “el que ama el dinero no se saciará de dinero” (Ecl. 5:10).
¿CÓMO INOCULAR A NUESTROS OYENTES DE ESE PELIGRO?
  1. Enseñándoles a leer la Biblia en su contexto. Los evangelistas de la prosperidad se distinguen por citar las Escrituras, sobre todo del AT, pero pasando por alto el contexto inmediato y general de los textos que citan.
  2. Presentando con claridad las demandas del evangelio (Mr. 1:14-15; Hch. 2:38; 3:19, 26) y del verdadero discipulado (Mr. 8:34-37; Lc. 14:25-33; Fil. 1:29).
  3. Infundiendo en ellos el espíritu de los bereanos (Hch. 17:11). Una cosa es respetar la autoridad pastoral (He. 13:17) y otra muy distinta seguir ciegamente a un líder, aún cuando se aparta de las claras enseñanzas de las Escrituras (Rom. 16:17-18; Fil. 3:17-19).
  4. Mostrándoles las advertencias bíblicas contra la codicia (Pr. 23:4-5; Lc. 12:15; 1Tim. 6:6-10, 117-19; He. 13:5-6).
  5. Enseñándoles que Dios es bueno, sabio y soberano en la dispensación de Sus dones. No todos Sus hijos serán prósperos y saludables de este lado de la eternidad, pero todos experimentarán el mismo amor y cuidado paternal, manifestado de diversas maneras para Su gloria y el bien de nuestras almas (Jn. 11:3; Fil. 2:25-30; 1Tim. 5:23).
  6. Enseñándoles cómo manejar la tensión de ser hijos de Dios viviendo en un mundo caído (Jn. 15:18-21; 17:14-16; He. 11:13).
  7. Por encima de todo, presentando a Cristo como la perla de gran precio, que sobrepasa infinitamente en valor cualquier oferta de este mundo temporal (Mt. 13:44-46; Fil. 3:7-8).
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el blog de 9 Marks. Para leer el artículo en inglés y compartirlo con otros, haga click aquí: Why is the Prosperity Gospel Attractive.

viernes, 4 de julio de 2014

EL SISTEMA EVANGELÍSTICO DE INVITACIÓN: UNA PRÁCTICA ANTIBÍBLICA Y PELIGROSA por Sugel Michelén


A veces escuchamos en ciertos círculos evangélicos comentarios similares a este: “En tal o cual campaña evangelística se convirtieron ‘equis número’ de personas (5 ó 10 ó 20, y así por el estilo)”. Y ¿cómo pueden saberlo con tanta precisión? Porque lo que tales personas quieren decir realmente es que al final de la predicación, el predicador hizo un llamado a que levantaran su mano o vinieran al frente del auditorio todos cuanto quisieran aceptar a Cristo, y ese número de personas aceptó el llamado.

Esta práctica es tan común hoy día que muchas personas se asombrarían al descubrir que no sólo no encuentra apoyo en las Escrituras, sino que nunca fue practicado por la Iglesia, por ninguna iglesia, en los primeros 1800 años del cristianismo.

Cristo nunca llamó a los pecadores a que levantaran su mano y den un paso al frente para dar a conocer su decisión de seguirle; tampoco lo hicieron los Apóstoles, ni ningún predicador hasta el siglo XIX. Esa metodología evangelística nunca fue practicada en la Iglesia de Cristo, sino hasta mediados del siglo XIX, cuando un hombre llamado Charles Finney comenzó a hacer uso de lo que él llamaba “el cuarto ansioso”, un lugar en el que se invitaba a entrar a todos aquellos que se sentían convictos de pecado y deseaban ser salvos.

Poco a poco el cuarto ansioso se fue transformando en lo que hoy conocemos como el sistema de invitación, cuando el predicador llama a los pecadores a levantar su mano y a venir al frente de la Iglesia para dar a conocer su decisión de seguir a Cristo.

Esto es algo tan comúnmente practicado en los púlpitos modernos que pocos considerarían necesario detenerse a pensar si tenemos garantía bíblica para hacer tal cosa; de hecho, muchos no sabrían cómo predicar el evangelio a los pecadores sin usar este sistema de invitación.

¿Quién era Charles Finney? Un evangelista del siglo antes pasado que negó rotundamente la doctrina de la Total Depravación del hombre y de su imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.

Para Charles Finney el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu Santo, cambiar por completo el rumbo de su vida. Él decía que eso es la regeneración, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.

Por tanto, todo lo que se requiere para ser salvo es una decisión del pecador. En otras palabras, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más.

El cambio, según Finney, podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución que debe ser públicamente manifestada a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente del auditorio, o algo similar. Eso según Finney, es venir a Cristo.

Pero ¿es eso lo que enseñan las Escrituras? Por supuesto que no. Esta enseñanza contradice abiertamente las palabras del Señor en Jn. 6:44 “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.

Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo. Yo no necesito una obra especial del Espíritu de Dios para levantar mi mano, a menos que tenga algún impedimento físico severo. Pero Cristo dice aquí nadie puede venir a Él a menos que el Padre no lo traiga. Se trata de algo que nadie puede hacer sin la asistencia divina.

Esta enseñanza descansa en un serio error doctrinal conocido como Pelagianismo. Pelagio fue un hereje del Siglo V que decía que la voluntad humana no fue afectada con la caída, y que uno puede hacerse bueno con sólo proponérselo. La regeneración es una obra del hombre, decía Pelagio, no de Dios.

Y algo similar dicen hoy los arminianos. Pero ¿acaso no contradice esto abiertamente lo que Pablo nos dice en Ef. 2:1-3, que el hombre natural está muerto en sus delitos y pecados? “Y él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”.

Más aún, Pablo dice en Ef. 1:19 que si hemos creído en Cristo fue porque en nosotros actuó el extraordinario poder de Dios. Atribuir la conversión y el nuevo nacimiento a una simple decisión humana, no sólo es atribuir al pecador una capacidad que no posee, sino que es robarle a Dios Su gloria. Escuchen lo que dice en Jn. 1:12-13:

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.


En el nuevo nacimiento no intervienen ni la ascendencia física ni la voluntad humana. Es un nacimiento operado por Dios en el hombre. Los hijos de Dios vienen a ser hijos por la voluntad de Dios.

No importa cuántos frutos aparentes se han podido cosechar con este sistema anti bíblico de invitación; debemos rechazar toda práctica que no sea sustentada por la Palabra de Dios. Este sistema pelagiano y arminiano supone que el pecador posee una capacidad que en realidad es ajena a él: la capacidad de cambiar por sí sólo el rumbo de su vida.

Pero más aún, sugiere a los pecadores una condición de salvación que no está en la Biblia. Dios no ha ordenado a los pecadores que pasen al frente de la iglesia para ser salvos, pero como bien ha dicho alguien: “muchas veces aquellos que no pasan al frente son llevados a creer que no están obedeciendo al Espíritu, y por lo tanto, que no están obedeciendo a Dios. Pero esta es una culpa psicológica falsa, porque Dios nunca ordenó tal cosa jamás ni fue practicada por el NT”.

El texto que generalmente se cita para presionar al pecador en ese sentido es Mt. 10:32-33, o sus textos paralelos en los otros evangelios:
“A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.

Ahora bien, ¿está enseñando Cristo aquí que nos hacemos cristianos cuando usamos nuestras cuerdas vocales para confesarle a Él, o cuando alzamos nuestras manos, o cuando venimos al frente de una Iglesia? ¿Es esa la manera en que nos hacemos cristianos? ¿O está enseñando más bien que una marca distintiva de los que ya son cristianos es confesar a Cristo ante los hombres?

Confesar a Cristo es un deber que tiene todo creyente, pero no es la forma en que nos hacemos cristianos, ni mucho menos el instrumento a través del cual se opera el nuevo nacimiento. Cristo dice en Jn. 3 que para ser salvo se necesita un nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo en el corazón.

Y lo que es todavía peor, a los que pasan al frente se les hace creer que han hecho lo que tenían que hacer, y que debido a su decisión ahora son salvos. “Has dado un voto por Jesús, te has decidido por Jesús, y eso es todo lo que se requiere para ser salvo”. Tristemente muchos van camino al infierno basados en ese engaño. Venir a Cristo no tiene nada que ver con un acto físico.

jueves, 8 de agosto de 2013

¿ESTÁ LA IGLESIA FUNDADA SOBRE PEDRO O SOBRE CRISTO? por Sugel Michelén




Según la doctrina Católica Romana, Pedro es la roca sobre la cual está edificada la iglesia. El pasaje que sirve de base para esta doctrina es Mateo 16:18: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

Antes de considerar la correcta interpretación de este pasaje y compararlo con otras declaraciones del NT, veamos algunas de las doctrinas que el catolicismo romano extrae de este texto, doctrinas que, como bien señala el ex sacerdote Francisco Lacueva, “constituyen toda la clave dogmática del sistema católico-romano” (La Iglesia, Cuerpo de Cristo; pg. 58).

Según la Iglesia Católica, en este pasaje Cristo constituyó a Pedro la roca sobre la cual estaría fundada Su iglesia. Cito aquí a un teólogo católico: “Cristo hizo a Pedro el fundamento de Su Iglesia, esto es, el garante de su unidad y de su fortaleza inconmovible, y prometió a Su Iglesia una duración perenne (Mt. 16:18). Ahora bien, la unidad y la solidez de la iglesia, no son posibles sin la recta Fe. Por tanto, Pedro es también el supremo maestro de la Fe. Como tal debe ser infalible en la promulgación oficial de la Fe, tanto en su propia persona como en la de sus sucesores (es decir, los Papas)” (cit. Por Lacueva; pg. 58; el paréntesis es mío).

Debo señalar que esta interpretación tiene carácter de dogma y, por lo tanto, debe ser creída por todos los miembros de la iglesia Católica Romana, so pena de eterna condenación. ¿Cuáles son las consecuencias doctrinales que emanan de esta interpretación bíblica? Básicamente tres:

En primer lugar, que el Papa, como Cabeza y Fundamento visible de toda la Iglesia, es el principio y raíz de de la unidad de la Iglesia.

En segundo lugar, que el Papa tiene sobre la Iglesia un poder de jurisdicción universal, supremo e inmediato sobre cada uno de los pastores, cada uno de los fieles y cada una de las iglesias. El Papa Bonifacio VIII declaró en cuanto a esto: “Toda criatura humana está sometida al Romano Pontífice, como algo necesario para su salvación”. De paso, es importante señalar aquí que el papa Francisco I declaró recientemente: “Es absurdo pretender vivir con Jesús, amar a Jesús y creer en Jesús, pero sin la Iglesia”. Y para que no haya dudas en cuanto a cuál iglesia se refería, exhortó a los fieles a caminar todos juntos, “llevando el nombre de Jesús en el seno de la Santa Madre Iglesia, jerárquica y católica, como decía san Ignacio de Loyola”.

En tercer lugar, esta doctrina también afirma que el Papa es el único intérprete infalible de la Escritura y la tradición. Así que cuando el Papa habla ex cátedra, es decir, en calidad de maestro universal de la cristiandad, no puede equivocarse y, por lo tanto, todo el mundo está obligado a aceptar su interpretación.

Ahora bien, ¿enseña el Señor todo eso en este pasaje de Mateo 16:18? Lo primero que debemos hacer es colocar este texto en su contexto. Y el contexto de esta declaración es la pregunta que el Señor Jesús hace a los discípulos en el vers. 13:  “Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Noten que el centro de la cuestión era la identidad de Cristo, no de Pedro o de ningún otro de los apóstoles. El punto crucial de la pregunta del Señor en el vers. 15 era lo que ellos pensaban acerca de Él. “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

¿Qué fue lo que el Padre reveló a Pedro? Lo mismo que revela a todo pecador para traerlo a la salvación: Que Jesús es el Cristo y el Hijo del Dios viviente. La palabra Cristo es la traducción griega de la palabra hebrea Mesías, que traducido al español significa “el Ungido”. Así que las palabras Mesías, Cristo y Ungido son equivalentes, pero en tres idiomas distintos. En el AT se ungía con aceite a los reyes, a los profetas y a los sacerdotes. Cuando el Señor Jesús es señalado como el Ungido de Dios, como el Cristo, lo que se quiere significar es que Él es Rey, Profeta y Sacerdote. En Su Persona estos tres oficios alcanzan su punto más alto y definitivo. Y es en ese contexto que el Señor dice a Pedro en el vers. 18: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

Hay un juego de palabras aquí. El nombre de Pedro significa “piedra”, una referencia a la obra que Cristo estaba haciendo en este hombre que había mostrado ser tan impulsivo y voluble en ocasiones. “Tú eres Pedro – una piedra – y sobre esta roca edificaré mi Iglesia” (y allí el Señor usa la palabra griega kefa que señala una gran piedra firme y estable).

“Tú eres una piedra, pero yo edificaré mi iglesia sobre una roca firme e inamovible”. Si la intención hubiera sido señalar a Pedro como el fundamento, hubiera sido más natural decirle: “Tu eres Pedro y sobre ti edificaré mi iglesia”; pero eso no fue lo que Cristo dijo, sino más bien: “Sobre esta roca, sobre eso que acabas de confesar de que yo soy el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. La Iglesia está fundada sobre la identidad de Jesús como el Hijo de Dios y como el Mesías prometido en el AT.

Agustín de Hipona, que vivió en el siglo V y a quien la iglesia Católica venera como santo, parafrasea el texto de Mt. 16:18 de este modo: “Sobre esta piedra que has confesado, edificaré mi iglesia. Pues la piedra era Cristo – dice Agustín – y el mismo Pedro fue edificado también sobre este fundamento”.

Si todavía alguien tiene duda al respecto, entonces debemos dejar que el mismo Pedro nos explique el sentido de estas palabras. En Hch. 4:11-12 él declaró: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Cristo es la piedra angular sobre la cual está siendo edificado este templo espiritual, la iglesia. Su Persona y Su obra sustentan el edificio y le proveen simetría y fortaleza. La Iglesia no está fundada sobre ningún hombre, sino sobre el Dios – Hombre. De ahí su gloria y su fortaleza. Pedro recalca esta enseñanza en su primera carta cuando escribe: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

Y lo mismo dice el apóstol Pablo en Efesios 2:19-22: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

He ahí, entonces, el fundamento de este templo espiritual, la iglesia: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Sólo a Él escogió Dios el Padre como “la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa”, dice el apóstol Pedro en su primera carta (1P. 2:6). Por lo tanto, sólo “el que creyere en Él, no será avergonzado”. Todo lo demás es doctrina de hombres, sin ningún valor.